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En el taller surgió la inquietud de poder ver todos los textos alusivos a una sesión. Creo que esto lo podemos hacer al poner la fecha de la sesión en las “Etiquetas” o “Tags” cuando publicamos el texto, así será mas fácil la búsqueda.

Propongo la fecha, por que normalmente los ejercicios no tienen un nombre determinado, y los textos de cada uno tienen su propio título.

Formato de Fecha : AÑO / MES / DÍA, (2013/03/27) de esta manera podremos encontrarlos más fácilmente, teniendo el más reciente a la mano.

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La playa


A esta serena playa he venido, para ver si puedo aquietar el torbellino de emociones que me embarga desde que la vi. Ella, sin saberlo, robó mi tranquilidad.

La cómoda rutina de mis días ha sido revuelta. Hace tanto que la aventura del amor no tocaba las puertas de mi alma, que el miedo se apodera de mí. ¿Seré capaz de volver a vivir sin miedos?

La arena entre los dedos de mis piés me relaja. Nuevamente la pienso, Ella, la de palabras dulces y voz clara. Ella, la que ha robado mi calma. Ella, quien ha traído la luz a mi alma, sin darme cuenta, inmerso en la obscuridad depresiva de la monotonía, de donde, sin saberlo, me ha sacado.

Fue aquí, en esta playa, sobre esta misma arena que se cuela entre mis dedos, donde el fortuito encuentro sucedió.

Hoy, el vaivén de las olas, sin un ritmo aparente, me liberan. He dejado de ser esclavo del pasado. Hoy, la aventura del amor trae consigo la luz que me faltaba. Ya es hora de partir. Ella me aguarda, ahí, entre las olas. Hoy veré su mundo, como ella vio el mío. Hoy me voy con mi sirena.

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Sólo escribo


(Les comparto mi ejercicio con el tema de ciencia ficción… a ver que les parece compañeros!!!) 

Escribo. Es una ocupación anticuada, según mis familiares y amigos. ¿Para qué escribir estos arcaicos símbolos gráficos, si puedes utilizar el Woamer? ¡Todo mundo usa el woamer! Y en verdad que ha sido un invento genial, quizás el mayor de este siglo, por no decir de todos los tiempos: Le dictas al aparato la idea y este la transforma en señales que se envían a través de un par de sensores al sistema nervioso, y  registrándose en el cerebro en forma de imágenes y sensaciones.  Sustituyó por completo los viejos sistemas visuales o auditivos de telecomunicaciones, que solo permitían transmitir ideas, llevando el contacto interpersonal a niveles que nuestros bisabuelos, con sus rústicos teléfonos inteligentes y su primitivo internet, jamás hubieran soñado.

Pero yo  me acostumbré a usar el woamer sólo lo mínimo indispensable.

Mejor escribo y leo. Soy poseedor de una de las últimas bibliotecas personales que aún existen en el mundo consistente en poco más de 2500 ejemplares, que poco a poco he logrado acumular.  Basura, opinan los demás. Y es que desde que en clase de historia aprendí a leer y escribir,  no puedo  sustraerme a la tentación de imaginar.

Además, siempre me aterró  la  enorme dependencia que la humanidad fue desarrollando en el  woamer.  Aunque también es cierto que ha facilitado la comprensión exacta de lo que una persona desea transmitir a otra, pues nos permite percibir el mensaje en los niveles más profundos del entendimiento, yendo mucho más allá del significado  plano.  Pero el hecho de su funcionamiento esté completamente adherido al macronet me hizo siempre temer algún eventual colapso de la red  que pudiera dejarnos imposibilitados para establecer cualquier tipo de contacto.

No sería la primera vez, ahí tenemos  como  precedente   la gran crisis mundial del 2023 que fue ocasionada por caída del internet a causa de la inoculación de un  virus informático. Así que cuando finalmente macronet cayó, no me causó sorpresa, aunque si horror.  Ni en mis peores pesadillas hubiera podido prever la serie de acontecimientos que se fueron desencadenando a partir de este suceso: Crisis financiera, inestabilidad económica, desempleo, desabasto, hambre, inseguridad, saqueos, pánico, caos. En ese orden.

Resulta que sin el woamer y la macronet no había gran diferencia entre nuestra “avanzada” civilización y la de los hombres de la época de las cavernas.  Pocos somos ya los sobrevivientes. Los poseedores de las grandes fortunas han cancelado sus negocios y se han mudado a las colonias de verano en las bases espaciales, lunares y marcianas. Para los pocos que quedamos el dinero ya no tiene ningún valor, pues subsistimos a base de intercambios de bienes y servicios. No creo que esto dure ya mucho tiempo, al menos para mí, pues ya no me queda nada que intercambiar.  Sólo tengo mis libros, que nada valen para los demás, una vieja pluma, tinta y este cuaderno.  Así que sólo escribo.

Escribo aunque lo más probable es que ya nadie más podrá leer esto…

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La entrometida


–          ¿Quién eres tú para juzgar mis decisiones, si son buenas o malas, si me hacen feliz o infeliz? ¿Qué sabes de tú de mi felicidad?-  Le recriminaba Carmen con amargura a la mujer que la miraba impasible – Nada de lo que hago te parece. Ahí tienes que cuando mandé al diablo a Armando,  me saliste con que “¿y dónde está el amor que decías tenerle?” porque no fui capaz de perdonarle sus deslices… ¿Cómo dijiste? ¡Ah sí! “canitas al aire”, “el amor perdona todo”. ¡Qué fácil para ti decirlo!, pero la que tenía que aguantar su olor a mujer barata y sus mentiras era yo.

Hizo una pausa para rellenar su vaso de vodka, vaciándolo inmediatamente después de un solo sorbo.

–           Luego te llenaste la boca llamándome prostituta, por no decir menos, porque decidí que mis amores desde entonces no se prolongarían más allá de una noche. Si, oíste bien dije MIS  – A – MO – RES. ¿Quién eres tú para decirme si era amor o no lo que yo sentí por ellos?  A todos los amé cada segundo, minuto y hora que permanecieron en mi cama y luego los olvidé. Ok, es cierto que después, al quedarme sola lloraba ¿y qué? Justamente por  eso es que no me gustaba estar sola mucho tiempo.

Suspiró y se sirvió otro trago.

–          ¿No dices nada? Ahora si te quedas callada… ¡Maldita hipócrita! ¡Deja de mirarme con esa fingida lástima! ¡Te mueres por decirme “te lo dije”! Que no me fuera a vivir con Miguel, que me estaba precipitando, que tenía que pensarlo bien… ¿Que no eras tú la que antes decía todo el tiempo que la vida no se trata de pensar, sino de sentir? Pues yo sentía que debía estar con él pues a su lado conocí el significado de la pasión. Vivir con los sentimientos siempre a flor de piel: amar a morir, odiar a matar. Los constantes pleitos, gritos y jaloneos que terminaban siempre arrastrándonos a la cama. Ahí se arreglaba todo. ¿Por qué esta vez no se arregló? ¿Qué cambió? ¿un ojo morado? ¿una costilla rota? “¿y dónde está el amor si no sabes perdonar?” ¿no así me decías? Pues bueno, perdoné. ¿Por qué no me siento mejor? ¡dímelo tú que tanto sabes, maldición!

Se secó un gruesa lágrima que rodó por su mejilla y se sirvió un poco más de vodka, dejando vacía la botella.

–          Que no sería feliz con él. De todos modos no era feliz sin él y además pensándolo bien, tal vez suceda que ser infeliz me hace feliz ¿no puede ser? Hay adictos a todo en este mundo… tal vez ocurra que yo sea adicta al dolor… ¡No te rías, con un demonio!  ¿no puede ser acaso que yo disfrute todo esto? ¿Qué el dolor físico me ayude a sobrellevar un poco el dolor del alma? ¿Qué el dolor del alma me recuerde que aún estoy viva?

Además ¿Con que autoridad me juzgas, cuando sabes perfectamente que tú y yo somos iguales? Bien que aguantaste más de 10 años a un marido que además de borracho, jugador y mujeriego siempre te maltrató. Ok, que nunca te levantó la mano ¡pero ni falta que le hizo! ¡Con los puros insultos le bastaba y sobraba! Un favor te hizo al morirse que si no, ahí seguirías con él, ¡no me digas que no! ¡Y deja de mirarme así! ¡Ya estoy harta de que todo el tiempo me juzgues! ¡Basta ya! – Gritó arrojando la botella hacía la mujer que la miraba inconmovible desde el fondo de esa superficie de cristal que al contacto con la botella estalló en mil pedazos.

Carmen calló de rodillas al piso, hiriéndose un poco con los fragmentos del espejo roto. Sonrió para sus adentros pensando que al menos se había deshecho de esa maldita mirada crítica.

–          ¡Y que ni se te ocurra empezar a hablar ahora!- se dijo a sí misma –  ¡o ya encontraré la forma de hacerte callar, maldita entrometida!

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Las bodas de oro de la abuela Lupita


Bajo la sombra de la terraza descansa en su mecedora la abuela Lupita. Con mirada de dulce satisfacción recorre ese pedazo de tierra en el que ha pasado casi toda su vida, entregándose entera a sus faenas cotidianas, como ofrenda viva y sagrada. Con sus lágrimas de dolor y frustración alimentó día a día al árbol de toronja que convirtió todas sus penas en dulces frutos. También se acostumbró a contarle todos sus secretos al árbol de mandarina, cuyos frutos quizá por eso son tan agridulces que sólo puedes comerlos con una sonrisa en la boca.

La mirada de la abuela Lupita se desliza más allá  del jardín y de sus árboles, más allá del gallinero y de la noria, más allá del riachuelo de transparentes aguas.  Se extiende hasta el camino por el que llegarán a visitarla sus 12 hijos, con sus nueras, sus yernos, sus nietos y sus  3 bisnietos. Sus ojos acarician ese camino por el que los vio partir con 12 punzadas en el corazón y que es el mismo por el que hoy espera su llegada con la alegría multiplicada.

Temía, con la certeza de quien ha visto la muerte rondando por el jardín,  que Dios no le concediera la dicha de volver a verlos a todos juntos, como cuando eran pequeños y corrían a sus brazos a buscar el beso que curaba un raspón en la rodilla, o la infalible hoja de albahaca que colocada bajo la almohada alejaba cualquier pesadilla.  Un par de horas más y por lo fin los volverá a tener a todos reunidos bajo su techo pues vienen a celebrar sus 50 años de matrimonio.

Poco a poco van llegando los hijos, y se deshacen en abrazos, besos y regalos para el abuelo Rómulo, quien los esperaba sentado detrás de su enorme escritorio de madera bebiendo su copita de coñac. Pero sobre todo para ella, la abuela Lupita, quien salta de la mecedora con la energía de una quinceañera para abrazar a esos pedacitos de su corazón que hoy regresan a besar su frente, sus mejillas y sus blancas manos.

Al fin han llegado todos y antes de irse todos juntos a la iglesia del pueblo, donde se celebrará la misa con motivo de las bodas de oro de Don Rómulo y Doña Lupita, la abuela les pide reunirse todos juntos en torno a la enorme mesa del comedor. Desde la cocina se filtran los aromas del pavo con mole, las gorditas de masa y el agua de limón. Don Rómulo, como buen patriarca de la familia, firme y severo, les pide a todos silencio y les agradece que hayan venido para cumplir la voluntad de su madre, de verlos a todos juntos para esta celebración. Todos aplauden y abrazan a la abuela Lupita quien al final, cuando están a punto de irse,  toma la palabra y dice:

–          Hijitos míos, como ha dicho su padre, estoy muy agradecida con Dios y con la vida de verlos aquí reunidos a todos, bajo este mismo techo que los vio nacer. Este era mi único anhelo, ahora puedo morirme en paz.

–          No digas eso abuela… -interrumpe la joven nieta de ojos verdes.

–          Déjame terminar, hijita. –Continúa la abuela Lupita – Me da mucho gusto verlos aquí, que hayan dejado sus ocupaciones y que hayan venido desde tan lejos para acompañarnos en esta celebración – Los mira a todos lanzando un largo suspiro – Pero les ruego que me disculpen, no asistiré a la misa.

Se oyen murmullos de sorpresa, el abuelo la interroga con una mirada fulminante.

–          Así es hijitos. En este momento soy la mujer más feliz. Tenerlos aquí conmigo es justo lo que yo quería y ya los tengo, así que no deseo nada más y en verdad,  en verdad les digo que con este señor, yo no me vuelvo a casar.

Se hizo un silencio sepulcral e incomodo, que duró apenas unos segundos, durante los cuales por la frente de la abuela desfilaron las escenas de 50 años de vivir las doce vidas de sus hijos, la de su esposo, la de sus nietos, pero nunca la de ella. Todas las veces en las que deseó gritar, llorar y en cambio tuvo que callar. Todas las ocasiones en las que quiso vivir más allá de la cocina, lugar al que a decir de don Rómulo ella pertenecía. Todos los rumores que sus oídos llegaron de los constantes amoríos de Don Rómulo que ella tuvo que ignorar. Toda una vida de dar siempre a manos llenas y nunca recibir.

Entonces el silencio de pronto se rompió con la fuerte risa del abuelo junto a quien luego todos se rieron celebrando lo que creyeron que fue “la broma de la abuela”, pero a la misa de las bodas de oro ya nadie acudió…

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Las verdaderas historias de amor no tienen final feliz


“¡Tú y tus historias de amor imposible!” Me dices sonriendo, cuando termino de leerte mi más reciente escrito.  “¡Es cierto!” Te digo. Y de pronto caigo en la cuenta de que aparentemente tengo una fijación con ese tema. Y  luego te vas muy alegre a continuar con lo tuyo dejándome un reto y una interrogante ¿Por qué no escribir una historia de amor? Y de forma automática me respondo a mí misma que es porque las historias de amor no tienen “chiste”. Sin conflicto no hay historia. Pienso.  ¿Es eso? ¿O será acaso que como un millonario avaricioso, oculto mis tesoros para que nadie aspire a robarlos?  De cualquier forma decido aceptar tu reto, así que hoy te contaré una historia de amor.

Esta historia es la de una joven y linda chica, alegre y parlanchina que por causalidad conoció a un joven y apuesto chico, callado y reservado.  Y aunque vivían a más de 1000 kilómetros de distancia sus sueños y sus anhelos se encontraron en un espacio virtual, invisible pero real, como real fue también  el sentimiento que nació de esos encuentros nocturnos en los que la palabra escrita era el medio a través del cual  sus ideas y proyectos se transportaban, se unían y se entrelazaban.  Sólo en la noche encontraban la paz, leyéndose el uno al otro.  De día, en la cotidianidad, ya no pudieron hallar la tranquilidad hasta ese día en el que al fin sus manos se encontraron para no soltarse más.

Se vieron y se reconocieron, como si hubieran estado juntos toda la vida, esta vida,  todas las pasadas y todas las futuras que tenían por vivir.  Él le dijo que le tenía dos regalos sorpresa y sonriendo le preguntó cual quería  que le diera primero. Ella, juguetona le dijo que quería primero el segundo.  “Cierra los ojos” Le pidió él. Ella los cerró y llegó por fin el beso que la levantó del suelo y la hizo girar sobre su propio eje mil vueltas en 3 segundos. El regalo número dos fue una estrella que él le colgó del cuello, con la promesa implícita de no dejarla jamás.

“¿y si te hubiera pedido primero el regalo número uno?” Le preguntó ella el día de la boda, varios años después. “De todos modos te hubiera besado primero”  Le dijo él besando su frente. “¡Tramposo!”  Contestó ella con un gesto de fingido enojo.

…..

Sonreíste al reconocer la historia. “¿Y cómo termina? “ Me preguntaste cuando acabé de leértela. “Esa es la cosa”  te dije yo  “la historia aún no termina. El problema es que yo creo que las verdaderas historias de amor no tienen final feliz,  porque simplemente no tienen final”.  Sonreíste otra vez, me besaste en la frente y te fuiste de nuevo  muy alegre a continuar con lo tuyo.

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No


No es lo que dices, sino la forma en la que lo dices lo que me encanta. Y yo amo la forma en la que me repites insistentemente “NO”.  Esa manera en la que empujas tu lengua contra el paladar y arqueas los labios de manera circular para decirlo me incita al beso, me obnubila y me impide pensar en otra cosa.  Me reclamas el no escucharte. ¿Cómo podría?  Cuando tus labios inician esa hipnótica danza al son del “NO” que expelido por tu boca es en mis oídos música divina que me traspasa y me recorre por dentro alojándose en mi cabeza y haciéndola girar.  Me gustan tus labios, me gusta tu lengua, me gustan tus dientes me gusta tu boca y todo lo que sale de ella. Puedes decirme lo que sea.

Y tus ojos.  Ese fuego que me arrojas con los ojos, me incendia por dentro pero no me consume.  No me deshace. No logra alejarme. Me hace dar vueltas alrededor de ti como insecto alrededor de una lámpara.  Esa forma en la que miras a hacia otro lado evitando mi encuentro, me permite ver tu pupila reflejando la luz  en ángulos tan diversos que su color se ilumina con diferentes destellos y bendigo tu rechazo, pues sin él no habría tenido la dicha del  colorido espectáculo de verte mirar hacia otra parte. No es el amor o el cariño en tu mirada. Son tus ojos lo que me encanta. Puedes mirarme como quieras.

Y tus brazos. Esos largos y firmes brazos que cruzas sobre tu pecho cuando te encuentras conmigo  como un intento de prohibirme el paso a lo más profundo de tu seno, en el que guardas los más puros y dulces sentimientos, para mí vedados. Brazos que con violencia se mueven contra mí, con una fuerza y determinación que en lugar de empujarme, me acerca.  Amo tus brazos. Puedes ponerlos como quieras.

Y tus manos. Manos de dedos largos, finos, elegantes y blancas palmas que me muestras con enojo en señal de alto.  Perdóname si lo único que deseo hacer es besar  cada centímetro de esas hermosas manos que furiosa y amenazadoramente  acercas a mi mejilla que espera altiva la brutal caricia que no llega.  Te detienes. Te arrepientes. Y yo que añoro su toque. Adoro tus manos. Puedes tocarme como sea.

Me gustas tú. Punto. Puedes decirme y hacer conmigo lo que quieras.

 

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Tierra


Leí el número en la puerta del edificio y luego, por instinto, leí una vez más la dirección en la tarjeta marrón que sostenía en mis manos aunque sabía que era el lugar correcto.  “Num. 139  interior 1-B” este era el lugar.  Lo dudé un poco antes de tocar el  timbre, debo reconocer que el conocer gente nueva siempre me pone nerviosa. Con un zumbido se abrió la puerta, mostrándome un pasillo largo y  mal alumbrado. Por mi lado izquierdo había una puerta que marcaba “1-A” así que la puerta que se veía al fondo por el lado derecho era el “1-B”

Fui recorriendo el pasillo con paso decidido  y sonoro, mientras en mi mente se agolpaban imágenes de otro camino, el camino interior que había recorrido antes de llegar a este lugar.  Todo empezó a raíz de mi divorcio hace 3 años, cuando después de haber caído en una profunda depresión decidí tomar las riendas de mi vida y salir de aquel horrible agujero de soledad y autocompasión en el me encontraba sumergida. Empecé por cambiar de afuera hacia adentro (siempre el exterior es más fácil de transformar); un cambio de guardarropa, un nuevo color y corte de pelo, un nuevo estilo de maquillaje y ya estaba lista para ir atravesando una a una todas las capas de mi subconsciente.

Luego siguieron los hábitos.  Más cosas de color verde en el refrigerador, una disciplinada rutina de ejercicio por las mañanas, clases de Yoga para el equilibrio espiritual y salir a correr por las noches para eliminar el estrés laboral. Luego, sobreponiéndome a mi terrible apego por la carne blanca, los huevos y los lácteos pasé de una  alimentación casi vegetariana, al estilo de vida completamente vegano.

Así fue como conocí a Mara Vega, la dueña de la tienda vegana  “Vega´s” de la que me hice cliente frecuente. Desde la primera vez que la vi, lo que ahora sé que es su aura, me transmitió de inmediato esa sensación de paz y confianza que siempre he sentido a su lado. Ella me introdujo al reiki y me ayudó a sanar y encontrar el equilibrio que tanta falta me hubiera hecho en otra época. Así Mara se convirtió en mi guía personal y espiritual.

De su mano recibí la tarjeta marrón con la leyenda “hijos de la tierra”  y la dirección.  No me quiso decir más, ella quería que yo me formara mi propio criterio.

Llegué a la puerta “1-B” No se escuchaba gran cosa del otro lado. Toqué y enseguida me abrieron.  Mara se apresuró a recibirme y de inmediato me presentó a los asistentes. No éramos más de 10 personas.  En la pared del fondo había un gran cartel con una leyenda que rezaba: “Los hijos de la tierra: Geófagos internacional”

-Ya estamos completos, podemos comenzar – Dijo una mujer mayor muy blanca y muy menuda, vestida con una colorida túnica, que me fue presentada como Sandra, quien estaba de pie en el centro del salón junto a una enorme y redonda mesa.

Todos nos fuimos colocando alrededor de la mesa en la cual había varios objetos: un gran tazón  dorado lleno de tierra,  copas con agua, velas  encendidas y plumas de aves. “Representan los 4 elementos” me explicó en voz baja Mara.

Sandra nos pidió unir nuestras manos e inició una especie de oración  que duró más de 15 minutos, en la que manifestaba que los ahí reunidos éramos los hijos de la tierra, que volvíamos a ella después de un largo extravío siendo herederos de todas sus bondades y que le pedíamos nos diera el alimento, sustento para nuestra vida plena física y espiritual. “No hay mejor alimento para un hijo, que la leche de su madre. ¡Madre tierra aliméntanos!” Exclamó en voz muy alta Sandra. “¡Madre tierra aliméntanos!”  Repetimos todos una y otra vez mientras  levantábamos  las manos. Un gran sentimiento de fraternidad me invadió. Todos nos abrazamos y entonces Sandra tomó con su mano un gran puño de tierra, se lo llevó a la boca y comenzó a comerlo con los ojos cerrados, como sumida en una especie de trance. Todos uno por uno fueron haciendo lo mismo. Cuando llegó mi turno, tomé el puño de tierra pero no pude hacerlo. Me disculpé y sintiéndome por primera vez completamente fuera de lugar me dispuse a abandonar la sala.

-Volverás… – Dijo Sandra en un tono que más que una predicción me pareció una orden.

-Lo siento… – Murmuré nerviosamente y salí de aquel extraño lugar.

La cosa es que desde entonces no dejo de pensar en regresar y no puedo evitar el enorme antojo que me provoca el mirar mis macetas. Tal vez debo probar…

(comentarios bienvenidos!!!)

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Viento


Sopa de historias

Si, toda tu vida has sido así. ¿Quién puede atrapar el aire? Nunca te ha gustado que te digan que hacer, ni cómo, ni cuando hacerlo. A quien así te ha querido, lo has invitado a volar contigo, de tu mano, le has mostrado tu mundo, y lo hermoso que desde arriba el paisaje se ve. Ahí, en lo alto,  ningún problema es grande ni importante y todas las personas se ven pequeñas, como hormigas. ¿Quién puede sentir algún apego por una hormiga? Mientras volaba a tu lado, íbamos juntos, éramos iguales, fuimos grandes… Pero que no te pidiera que me extrañaras cuando fuera a dar con mis huesos ahí abajo. Para ti volvía a ser hormiga ¿y tú? A seguir volando. El mundo es muy grande, la vida muy corta. ¿Qué de malo tiene, verdad?

Si, también debes reconocer que más de una vez entraste por mi puerta disfrazada…

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Fuego


Fuego

Posted on May 3, 2013

Fuego es la palabra que viene a mi mente. Fuego cuando te veo, fuego cuando te tengo entre mis brazos.

Tú, como el fuego abrazador me quemas con cada contacto. Tu faz ha quedado grabada en mis pupilas como si hubiesen puesto un hierro en la flama y después a mi carne. Tus besos han quemado mis labios a tal grado que ya no puedo sentir los de nadie más. Tus caricias, llevaron mi piel al éxtasis, mientras me abrazabas.

Tanto fuego me ha deshidratado y debilitado. Necesito tiempo para sanar. Tanto me has quemado que ya no tolero el roce de otras pieles, el aliento de otros labios que, aunque cálidos, jamás se acercarán a ti.

Agua, necesito agua. Requiero un bálsamo que me recubra las llagas, que proteja mis carne al rojo vivo y adormezca mi dolor y atenúe las marcas que seguramente quedarán cuando mi ser cicatrice.

Tal vez, con el tiempo, estas heridas profundas sanarán. Tal vez, después del bálsamo reparador, mi piel responda al suave contacto con otras pieles, con otros labios, con otros corazones. Espero que tu fuego haya sensibilizado mi piel a otras caricias y que el bálsamo del tiempo disminuya las cicatrices que pudiesen menguar mi sensibilidad.

Hoy me acojo a las letras. Vuelco sobre la hoja en blanco mis anhelos y rencores, para mantenerlos presos entre las líneas, alejándolos de mi ser, para luego, en la distancia, tomarlos y darles nueva vida, en forma de historias que fueron o pudieron ser.

Fuego. De ese fuego que fuimos, de ese fuego que tuvimos, aún quedan cenizas, pero hoy no las removeré. Hoy no quiero saber si debajo de ellas aún hay brazas. Aún estoy débil. Hoy, no me quiero quemar.

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Fuego


fuego

Verla pasar moviendo sus insolentes caderas y no dejarse envolver en el ardiente fuego que irradiaba, era imposible. Todas las cabezas se daban vuelta para mirarla, hombres y mujeres por igual. Los unos ardían de deseo, las otras se consumían de envidia. Ella lo sabía y le encantaba. Por eso elegía llegar siempre al bar a las doce de la noche, con el lugar a reventar y su mesa favorita siempre reservada cerca de la pequeña pista, ahí donde todos podían mirarla bailar, reír, disfrutar. Mirarla y admirarla, como si fuera la joya más valiosa exhibida en la vitrina de una exclusiva joyería. Muchas almas habían ardido en su infierno y se habían consumido en su abrazo. Con ella no había garantía. Cada noche un condenado diferente era invitado a compartir su calor, siempre con la esperanza inútil de contenerla. No había forma. “El que juega con fuego se quema” les decía sonriendo. Esa era su frase favorita.

-Adalia – dijo extendiendo su firme mano.

Su piel morena brillaba de forma inusual, y eso era justo lo que Carlos pensaba cuando la vio caminar hacia él, que no había dejado de devorarla con los ojos desde que la vio llegar al bar.

-Carlos – Respondió el y beso su mano.

-¿Quieres bailar? – Le dijo ella sin soltar su mano y llevándolo tras de sí, sin esperar respuesta.

Carlos no bailaba nada, pero se dejó guiar sin hacer caso de las ruidosas celebraciones de sus compañeros de parranda. Ella bailaba por los dos, reía por los dos, ardía por los dos. Carlos se movía sin gracia frente a ella, mirándola sin sonreír, pensando lo diferente que sería la noche si la venta no se hubiera cerrado, si los clientes no hubieran querido celebrar, si ellos no hubieran propuesto ese lugar, entre todos los bares de la ciudad. No había soltado su mano y mientras bailaban, él a su propio ritmo, acariciaba sus dedos con suavidad.

-Duerme conmigo – Le dijo ella. Era la primera vez que ella tenía que tomar la iniciativa.

Se fueron juntos.

Ella era fuego y el era brisa fresca. Ella lo empujó a la cama envolviéndolo en sus llamas, para incendiarlo y consumirlo violentamente, pues esa era la única forma de amar que conocía. Él la obligó a arder lenta y suavemente, para explotar juntos al final, intensamente.

-Quédate – Le suplicó Adalia, desde el satín rojo de sus sábanas.

-Imposible – Dijo Carlos desde el baño, mientras se enjuagaba la cara.

-Llámame. Ya te anoté mi número.– le dijo poniendo en su mano el teléfono celular.

– No estoy buscando una relación. Ya tengo una – Dijo Carlos haciéndole evidente el anillo dorado en su dedo anular.

-Tampoco yo- Le dijo ella.

Por eso se sorprendió Carlos al día siguiente cuando al sonar su celular leyó en su pantalla la palabra “Fuego”. No pensó que fuera a llamarle. No tan pronto al menos.

Volvieron a encontrarse ese día y otros más. Pero fue la última vez, cuando Adalia ardió en su propio infierno como nunca lo había hecho: Después de hacer el amor ella le suplicó, como siempre, que se quedara y Carlos le respondió secamente que ya no quería verla más.

-No me lo tomes a mal, Adalia, eres hermosa, pero no estoy buscando amante de planta. Tengo una esposa, y no voy a dejarla. Estas salidas tan frecuentes levantarán sospechas y no deseo alarmarla.

Ardía una desconocida llama en su mirada y en su corazón cuando Carlos la dejó sola. Tomó un papel y escribió solo 4 palabras.

Elena bordaba junto a la ventana esa tarde mirando de cuando en cuando jugar a Carlitos en el jardín. Tal vez era una ocupación anticuada esta de bordar, pero en verdad disfrutaba mucho hacerlo. Le permitía pensar y meditar sobre lo perfecta que era su vida. Suave, apacible, como una barca flotando en un lago calmado y tibio. Así había sido siempre su relación con Carlos. Ella lo amaba con dulzura y estaba segura que él así la amaba también. Era un excelente esposo y un maravilloso padre. Esa tarde llegaría temprano para ir los tres a cenar, al lugar favorito de Carlitos. Por eso creyó que era él quien tocó el timbre. “habrá olvidado las llaves otra vez” pensó. Pero al abrir la puerta no fue a Carlos a quien vio. Nadie había ahí. Se asomó y miró a ambos lados, pero nada extraño encontró. Cerró la puerta y junto a sus pies descubrió un sobre rojo, sin sello. Sonrió pensando en Carlos. Tal vez quería sorprenderla. Abrió el sobre y leyó las cuatro palabras que en el papel de color rojo se leían. “TU MARIDO TE ENGAÑA”. Y como evidencia un par de fotos. En la primera, Carlos desnudo entre brillantes sabanas de satín rojo, dormido. En la segunda una desnuda mujer morena de largos cabellos lo besaba, sobre esa misma cama.

Hubiera esperado un diluvio, un baño de agua fría. Pero no. Fuego. Era fuego lo que sentía. Carlos entró y en la mirada de su mujer encontró lo que jamás pensó que encontraría. Sin decirle nada le extendió el papel rojo y las fotografías.

-Vete – Le dijo Elena, firme, sin levantar la voz.

-Elena, yo te amo…

-Vete – Repitió. Carlos salió de ahí hecho una furia, y a punto estuvo de tumbar a golpes la puerta del departamento de Adalia.

-¡Mi amor! – Le dijo ella al abrir la puerta haciendo caso omiso de su ira.

-¡Estás loca Adalia! Solo vine a exigirte que te salgas de mi vida. No sé como diste con mi casa ni en qué demonios pensabas cuando hiciste estas fotos y se las diste a mi mujer ¡Pero te quiero fuera de mi vida!

-No te perdonará…

-¡Te vale madres si me perdona o no! ¡No quiero volverte a ver nunca más!–Le gritó Carlos y salió de ahí dando un portazo, dejando a Adalía extinguiendo su propio incendio con sus lágrimas.

Carlos llegó a su casa apenas unos minutos antes que los bomberos. Casi no podía distinguir lo que quedaba en esa enorme pira que ardía en el centro del jardín. Elena había lanzado desde el balcón de la ventana de su habitación todas sus pertenencias, su ropa, sus zapatos, sus proyectos, su cartera de clientes, sus pocos libros, sus revistas de carros, sus discos de ópera, su crema de afeitar y hasta su cepillo de dientes. Luego había rociado gasolina encima y le había lanzado un cerillo para ver como se ardían hasta consumirse 10 años de matrimonio. “El que juega con fuego se quema” Pensó Carlos mientras escuchaba acercarse las sirenas de los bomberos.

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Conoces a una chica…


Dibujo

Conoces a una chica en una fiesta. Platicas con ella hasta el amanecer y luego la acompañas a su casa. La visitas al día siguiente. Y el que sigue. Y casi a diario desde entonces. Sostienen largas charlas telefónicas sin importar si es de día, noche o madrugada. Jamás les falta tema de conversación.  Te sientes a gusto en su compañía y sin saberlo, se ha convertido en tu mejor amiga. Te acompaña, a reuniones familiares, te ayuda en tus tareas de matemáticas y asiste a todos tus partidos de futbol, aunque tu equipo siempre pierda. No compras ropa, ni zapatos, ni chicles sin pedir su opinión. Te escucha con sincera atención, cuando le hablas de tu insoportable novia. Te aconseja. No haces caso.  Terminas con tu novia. Sales con otra. Y otra. Y otra. Y tu amiga se convierte en una de las pocas constantes en tu agitada vida.  Una tarde caminando con ella, te distraes y te golpeas la cabeza con un poste de luz. Se mueren de la risa, hasta que ella se da cuenta que te has hecho daño y necesitas una bandita. Te cura la herida mientras tú miras sus hermosos ojos. No te habías dado cuenta antes, en verdad que tiene unos hermosos ojos. Movido por un impulso,  cierras los ojos y te lanzas al vacío de sus labios. Ella ha bajado la mirada en ese justo instante y le has besado la nariz. Se sonroja. Te sonrojas. Te das cuenta que desde que la conoces no ha tenido novio ni ha salido con alguien más que contigo.  Las manos se te ponen frías y el corazón se te acelera. Huyes de la escena del crimen.  Le llamas al día siguiente, pero no encuentras mucho que decirle. Ella tampoco sabe que decir. Se les acaba el tema de conversación.  Como no hay ya mucho que contar, tampoco la visitas al día siguiente.  Ni al siguiente. Las visitas se van espaciando y sin darte cuenta, el tiempo ha pasado y la vida los ha llevado por caminos separados. La olvidas. ¿Te olvida?

30 años después crees haberla visto en un centro comercial. Los mismos ojos bellos, la misma sonrisa multiplicada por 3: ella y sus dos hijas. Un hombre las acompaña, asumes que es su esposo. Te retiras.

30 años 3 hijos y dos divorcios y entonces te preguntas. ¿Por qué no la besé? ¿Por qué no me quedé aquel día?

(He querido escribir en segunda persona desde que leí Aura de Carlos Fuentes — ¡¡¡sin punto de comparación por supuesto!!! — ¡¡¡Espero sus comentarios!!!)

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Bolón-Tun (Nueve piedras)


Se despertó súbitamente, como asaltada por un profundo temor, sólo que no lograba entender su origen.  Hacía calor, por eso acostumbraba dormir con la ventana abierta, y se quedó mirándola como si presintiera que de ahí provenía la causa de su ansiedad. La cortina azul, ondeó levemente en la oscuridad de la noche, apenas iluminada por la luna y las estrellas en un cielo limpio, sin nubes: el cielo del mayab.

Ante sus ojos asombrados, se materializó una densa sombra que parecía emanar de la ventana. Cecilia luchó con todas sus fuerzas por gritar, moverse, levantarse, pero fue imposible.  Estaba como petrificada. Aunque no podía moverse, podía ver todo, podía sentir  todo y sintió como esa sombra fue atravesando su vientre una, dos, tres, nueve veces; hasta introducir nueve piedras. Una a una las fue contando, conforme se fueron alojando en el interior de su cuerpo, con agónico dolor.

Nueve piedras”, le dijo sin hablar ese oscuro ser, “nueve llaves que abrirán cada uno de los nueve niveles del  bolónn tikú,el xibalbá: el inframundo”. Ahora tenía una misión, le dijo comunicándose a través de una vibración de tono grave, que viajaba directamente hacia su subconsciente; tenía que portar esas nueve piedras hasta el altar del sacrificio, ubicado en el interior de la pirámide de kukulcán, en la zona arqueológica de Chichén Itzá, el 21 de marzo, el día del equinoccio de primavera. Nada impediría que su misión se complete. Todo ya estaba dispuesto. Ella sólo tenía que estar ahí, ellos le harían saber lo que tendría que hacer.

Con una violenta sacudida, Cecilia al fin logró moverse.  Miró hacia la ventana y le pareció ver cómo a través de ella, la luz de la noche disolvía aquella espantosa sombra de oscuridad. En sus oídos aún retumbaba aquel insoportable zumbido grave y continuo. La nausea y el espanto la hicieron brincar de su hamaca y atravesar el escaso metro y medio que la separaba de Felipe, su esposo, quien dormía en otra hamaca, ajeno a lo que acababa de pasar.  Cecilia se metió en la hamaca de Felipe, quien despertó sobresaltado.

-Felipe, tuve una pesadilla, tengo miedo…

-Tranquila, Ceci, ¿qué soñaste?

-Soñé cosas raras… de extraterrestres, de piedras, del inframundo. No puedo recordarlo con claridad.

Felipe la miró con un casi imperceptible acento de sorpresa en la mirada. Abrió la boca para decir algo, pero prefirió callar. La abrazó y le acarició la espalda para adormecerla. ¿Para qué decirle que el también había soñado cosas raras sobre extraterrestres y antiguos lugares sagrados? Era mejor que durmieran, mañana les esperaba un día pesado. Eran guías de turistas en Chichén Itzá, y el día del equinoccio llegaban muchísimos visitantes que seguramente requerirían de sus servicios.

Bajó la pierna para mecer la hamaca y lograr arrullarse con su suave movimiento, mientras miraba el leve ondear de la cortina azul en la ventana.

Paola Rosado

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Soy


Soy

 

Soy escatológica, amo la mierda y su olor. No puedo entender, porque las personas, se horrorizan con algo tan natural y disfrutable?

Se mofan y hacen burla a quien acaba de pasar al trono; como si, fuera algo inaudito y estrafalario?

Se quejan del olor; no he conocido muchos que solo coman flores!

Cada vez que puedo; hundo mis dedos y juego en  ella. Su consistencia me recuerda al barro; que según algunas etnias, es el origen de la vida.

Y si nos acordamos de la teoría que dice: “La materia y la energía, no se destruyen ni se originan, solo se transforma.” Entonces; el excremento, es forma nueva, que seguramente dará vida o energía renovadora en algún lugar.
Nunca, dejara de ser parte mía, despojo de lo que ame y disfrute.

Recuerdo de buenos y malos tiempos.

Incluso llanto, y angustia mal orientados.

Si soy escatológica, y no me amedrenta el publicarlo; porque casi segura estoy, de que ustedes también.

Así pues amo mis defecaciones! Y adoro el placer de una buena visita a mi trono.

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De cómo me convertí de amiga a persona non grata O el ataque de la loca cultural Vs la langosta opulenta


Caminado,  te hallé  

No era la primera vez,

  Muchas vidas,

Encontrándonos.

 Siempre  abandonado,

Sin cumplir

 Los sueños compartidos.

 

La oportunidad se daba,

Para resarcir,

Planes,

 Cambios

Risas,

Mariposas,

Alebrijes y libélulas;

Cada imagen, cada letra,

Construida para compartir.

 

 Como y que cambio?

Ojos ciegos

Corazón sin latido

Palabras bellas

Huecas

Vacías

Sonrisa

Mascara

 

 

Y luego?

 Dolor !

Ver,

La faz,

Horrible,

Realidad,

Dejándome,

Atónita,

Entumida,

Embutida;

En remolinos,

Confusos,

Historias,

Vagas,

Solo escusas;

No hay porque.

 

 

 

 

 

 

 

Quieres hablar?

Ha! Olvide que para ti; las letras,

  Solo escritas!

Ahí puedes engañar a los sentires,

En la voz, en las miradas,

 Solo se encuentra el espacio,

 Que tienes de costilla a costilla,

Como en una caja vacía.

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