Agostinha


Martín se encontraba de en Cancún por negocios. Había tenido un par de buenas reuniones ese día y decidió tomar un trago.

El hotel donde se alojaba tiene un espacioso bar con una agradable barra con bancos fijos. Se sentó cerca de la esquina y pidió una margarita. A dos bancos del suyo se sentó una mulata a quien había visto esa mañana en la piscina. Le había llamado la atención su escultural figura, únicamente cubierta por un diminuto bikini amarillo que contrastaba con el canela de su piel.

Ella pidió una caipiriña con un marcado acento portugués. En cuanto el cantinero trajo su bebida se acercó a Martín. Sentándose a su lado le dijo, “Hola, soy Agostinha, ¿como te llamas?”

Martín estaba tan sorprendido de que esta diosa brasileña le dirigiese la palabra que tardó unos segundos en contestar. Agostinha tomó el mando de la conversación y pronto ordenó otra ronda de bebidas. Martín estaba extasiado.

Con la tercera o cuarta ronda también llegaron los besos. Al principio sus labios parecían acariciarse. Al poco tiempo los tragos permanecieron olvidados sobre la barra mientras que en los besos se notaba una urgencia, un incontrolable deseo como no había sentido en muchos años.

Agostinha lo tomó de la mano y lo condujo hacia los elevadores que se encontraban a solo unos metros del bar. Las puertas entreabiertas de uno de ellos los invitaban a entrar. Una vez dentro, sus labios volvieron a unirse con renovada urgencia. Sus manos recorrían el cuerpo de ella mientras que Agostinha le aflojaba el cinturón y desabrochaba el pantalón.

Al llegar al sexto piso se abrieron las puertas de ascensor. Atravesaron el pequeño pasillo y casi se tropiezan antes de llegar a la puerta. Agostinha le arrebató la llave y pasaron el umbral. Con trabajos llegaron a la cama.

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Acerca de E. Calder

Aspiring Writer, Photographer and Graphic Designer who writes both in English and in Spanish. / Aspirante a Escritor, Fotógrafo y Diseñador Gráfico, que escribe tanto en inglés como en español.
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