Cielito lindo


Paseaba la mirada por los anaqueles de la librería, buscando ¡ya no recuerdo que libro! Para un trabajo escolar. De repente mi mirada tropezó con los ojos negros más hermosos que había visto en mi vida.  Se movían alegres y coquetos debajo de unas cejas abundantes, casi excesivas. Me quedé quieto, petrificado. Con los pies clavados al suelo y la mirada fija en esos ojos que se alejaban irremediablemente. Cuando al fin fui capaz de reaccionar y moverme, ella, la dueña de esos ojos hechiceros había desaparecido por la puerta y se había confundido entre el río de gente que corre de prisa por las calles de la ciudad.

Sentí un fuerte dolor y me llevé aterrado la mano al pecho. Luego la miré extrañado: se veía blanca, pálida. Yo esperaba verla cubierta de sangre pues en verdad sentí el corazón atravesado y mortalmente herido. Siempre supe que moriría un viernes, pero jamás imaginé que moriría de amor, con una flecha tan breve y tan certera.

Recogí como pude los pedazos de mi vida y caminé el largo trecho que me separaba de la privacidad de mi estudio. Quería dejarme caer en la cama y que las puertas de mi habitación fueran mi tumba.  Con todo el ímpetu de mis 22 años deseaba morir por esos ojos que nunca me miraron y que jamás volvería a mirar.

El sonido del celular me trajo de vuelta a la realidad. La voz de Esteban, mi mejor amigo, me ayudó a descubrir que aún respiraba.

–  ¡Leonardo! ¿Dónde diablos estás?  Te estamos esperando en el parque para ir a casa de Laura, ¿lo olvidaste? ¡Más te vale llegar pronto y no olvides traer la guitarra!

Ni siquiera me dejó contestar. ¡La fiesta! ¡La serenata para Laura, su novia! Si… lo había olvidado.

Como autómata me levanté, me cambié la camisa y salí guitarra en mano hacia el parque. Ahí estaban ya Esteban y Sergio.

-Ya están todos ahí – Me dijo Esteban – Solo faltamos nosotros, ¡Laura querrá matarme!

-¡Vamos pues!

Llegamos. Se oía desde afuera la música y la plática. Sergio le llamó por celular a alguien para apagar el sonido, y entramos cantando.  Cantando… cuando lo que yo quería era llorar y morir por esos ojos negros alegres y coquetos…

Y de pronto levanté la mirada. Ahí junto a Laura, la novia de Esteban, me miraban esos ojos negros, cuya dueña al fin me sonreía con unos labios muy dulces y muy rojos, adornados con un hermoso lunar…

Me regresó la vida. Quise llorar de alegría, pero mejor seguí cantando “cielito lindo”.

(¡Comentarios bienvenidos!)

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Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
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