Soberbia


“Rosalía:

En este anticipado ocaso de mi vida te escribo lo que no fui capaz de decirte de frente. Es tarde ya para mí, pero me voy con una sonrisa, amargada apenas por la envidia de saberte feliz y plena. Tú, que tanto sufriste por mi causa. Tu, que tanto lloraste por mi malentendido orgullo que rayaba en soberbia. Te vi feliz corriendo detrás de un pequeño con tus mismos risos y tu sonrisa aperlada. Creo que fue en ese instante en el que empecé realmente a morir.

Supe al momento que jamás debí volver y decidí mejor no molestarte. ¿Para qué?  Si yo en tus ojos lo único que siempre provoqué fueron lágrimas y en tus labios súplicas y ruegos.

Ahora que estoy más cerca del final lo veo todo con claridad. Qué ridículo fui al sentirme superior. Confundí tu docilidad y mansedumbre con abnegación y tu cariño con sometimiento.  Te miré por encima de mi hombro, parado en el pedestal de mi estupidez.

Me sentía tan grande… veía mi reflejo en el suelo como el de un águila que poderosa vuela. La tierra no merecía mis pasos. Y  tú, que anticipaste mi caída, con lágrimas en los ojos me rogaste una y mil veces: “¡Mírate!”.

Pero yo no era capaz de mirarme. Ahora lo sé porque al fin me miré y quedé tan devastado que no he podido recuperarme. Tuve que perderlo todo para mirarme y no fue la pérdida lo que acabó conmigo, fue la visión de lo que soy y lo que fui contigo.

Recuerdo bien cuando estaba en la cima del poder y de la fama. Las malas amistades me aconsejaban: “déjala, esa mujer no te merece, no tiene tu clase y no entiende tu nueva condición”. No culpo a esas víboras por envenenarme, fui yo quien metió la mano al serpentario.

¡Qué estúpido fui! Yo me creí tan arriba cuando en realidad estaba tocando fondo. Más bajo no podía caer, y sin embargo caí. Lo recuerdo claramente,  pues esa fue la última vez que pude tocar tu rostro. Fui una basura, un infeliz. Te repetí borracho lo que las malas amistades decían de ti, y cuando me rogaste una vez más, cómo siempre “¡mírate!” con toda la rabia de la que fui capaz te abofeteé, y por no llorar reí. Me reí a carcajadas de ti, de mi, de lo lejos que estaba del hombre que fui y que alguna vez te mereció.

No dijiste nada. Al despertar de mi resaca simplemente ya no estabas ahí.

Esto no lo sabe nadie, Rosalía, hoy lo sabrás tú: ese día lloré. Lloré como un niño que se queda solo y luego volví a beber. Y bebí desde entonces cada día para no pensar en ti. Para no pensar en mí sin ti.

Hoy que te vi, lo he entendido todo. Tu siempre fuiste tú ¿y yo que fui? ¿Qué soy? Ahora que he perdido todo, me veo desnudo y no me reconozco. ¿Alguna vez fui yo? ¿Qué fue lo que amaste tú de mí? Estuviste a mi lado cuando no era nadie, y ese nadie que yo fui te hizo feliz. Por eso decidí venir. Ahora he vuelto a la nada y me preguntaba si acaso tú podrías amarme otra vez.

Supe la respuesta cuando de lejos te vi. Lo supe todo en tus ojos cuando te vi sonreír. Eras tú, siempre tú. Y yo, como siempre, tan indigno de ti.

Por eso me fui sin decirte nada. Y te escribo al pie de la que será mi tumba que te amo y que te amé, sin saberlo, aún más que a mi. Ahora que lo sé, me voy y te dejo ir.
Rosalía, sigue siendo tú, y se feliz. Muy feliz.”

(¡¡Comentarios bienvenidos!!)

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Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
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