Lotería 1


Comencé con una especie de poema que después transformé en relato. Aquí están los dos.

En un día lluvioso el diablito estaba ocioso y al valiente aconsejó:
“Ve y mata al apache que en tu tierra venados cazó.”

El valiente influenciable un par de tragos tomó,
con cuchillo y sarape hacia el apache se abalanzó.

La muerte ya andaba cerca y al apache se llevó
justo cuando el valiente en el corazón lo apuñaló.

Muy triste se puso el valiente tras recapacitar un segundo
Cuidar de los apachitos será su tarea en el mundo.

——————

El pueblo estaba tranquilo, todos se encontraban resguardados en sus casas, en salones de reunión o en las cantinas. Estaba lloviendo a cántaros. La tormenta había durado ya varios días y la gente comenzaba a ponerse inquieta, especialmente los más activos, los que acostumbraban estar todo el día en movimiento. Entre ellos se encontraba Valentín, un joven valiente aunque un poco inmaduro.

Hacía unos minutos había entrado a la cantina un apache que quería cambiar una piel de venado por algunas provisiones para llevar a casa. El indígena no hablaba con nadie, excepto el cantinero, que hacia las veces de tendero cuando no se encontraba su mujer, que manejaba la tienda del pueblo. Hoy, ella se había quedado en casa con los niños. No anticipaban mucho movimiento hasta que las lluvias cesaran.

Damian, viendo la piel del venado, incitó a Valentín a que lo encarara pues el astado era de una raza en particular que crecía en el enorme rancho de la familia de Valentín, y estos habían prohibido cazarlos en esta época, pues era tiempo de crías. Valentín, habiendo tomado unos tragos, se sintió envalentonado y se dirigió hacia el hombre que sostenía aun la piel del venado.

“Hey, tu.” Le dijo. “¿De donde sacaste esa piel?”

El Apache se volvió a él, lentamente, contestando algo en su lengua. Valentín, creyéndose insultado, se abalanzó sobre el hombre, asestándole un fuerte golpe en el estómago. El indígena, con una mueca de dolor, se llevó las manos al pecho, donde pendía un cuchillo sostenido por una correa de cuero. Valentín no dio tiempo para que sacara el cuchillo, clavando el propio en el corazón del indígena.

El cantinero saltó su barra, apartó a Valentín del su víctima a quien examinó con prontitud. El hombre estaba muerto. El comisario y el Ministro del pueblo fueron llamados. Con la conmoción nadie había notado a los niños que se habían quedado cerca de la puerta, en el otro extremo del establecimiento. Ahora los notaban, llorando al lado del cuerpo de su padre.

Todo había sido un mal entendido, explicó el cantinero. Él mismo le había vendido la piel hacia unos meses. El hombre venia a empeñarla para comprar leche y comida para sus hijos, los últimos de su tribu en estos parajes. La madre de los niños había muerto hacia unos días. El hombre no hablaba la lengua de los blancos pero el cantinero si hablaba la suya.

Era un indio, había sido un mal entendido, no hubo castigo. El Ministro insistió que como penitencia Valentín se hiciese cargo de los niños. Así fue como el valiente Valentín se convirtió en padre, educando a los hijos de su víctima. Llevando el peso del mundo en sus hombros, cada vez que los veía a los ojos.

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Acerca de E. Calder

Aspiring Writer, Photographer and Graphic Designer who writes both in English and in Spanish. / Aspirante a Escritor, Fotógrafo y Diseñador Gráfico, que escribe tanto en inglés como en español.
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