La Ira


– Señora, por favor, póngase de pié, permítame ayudarla…

– ¡No! –Exclamó ella, saliendo de su ensimismamiento – No, señor oficial – siguió diciendo, ahora con voz controlada, mientras miraba sus manos y su ropa cubiertas de sangre – Déjeme estar un momento más aquí, así… Y mientras le doy razón de lo sucedido… Supongo que desea conocer los detalles…

– Si, pero permítame ayu…

– No, no se moleste, -interrumpió- ¿alguna vez se ha tropezado y caído? El cerebro aún no termina de registrar su nueva posición en el espacio y ya hay más de 10 personas alrededor tratando de levantarlo a uno… Déjeme un momento más así, necesito terminar de registrar lo sucedido.

Primero que nada, le diré que sí fui yo. No trataré de negarlo ni de huir. Fui yo quien lo mató, que no le quede duda. ¿Motivos? Hay muchos y muy razonables, pero no fue ninguno de ellos los que me orillaron a acabar con su vida. Siempre he sido una dama y me he comportado como tal, a pesar de que el no siempre se portaba como un caballero.

¿Sabe que hace un par de meses perdió casi toda mi fortuna en una casa de apuestas? Todo el dinero que había heredado de mi familia. El producto de las empresas fundadas por mi bisabuelo, e incrementado sustancialmente por el arduo trabajo de mi abuelo y el genio empresarial de mi padre. Pero no, no lo maté por eso.

¿Sabe que varías veces me contagió de vergonzosas enfermedades venéreas? Sí, producto de sus constantes visitas a los más inmundos lupanares y de sus regodeos con horripilantes prostitutas. Lo sé porque las vi, desnudas, perdidas, decadentes, vomitando sobre mi alfombra persa, pues en estas últimas semanas tuvo la insolencia de traerlas a mi casa.

Pero no, tampoco lo maté por eso.

¿Sabe que un día me dijo que nunca me quiso, que nuestro matrimonio siempre fue una farsa y que sin mi dinero no valía nada? ¿Qué porqué lo aguante? Porque ante todo soy una dama, señor oficial, no puedo agarrarlo a golpes como una vulgar verdulera, aún cuando ganas no me faltaban. Sobre todo hace 3 días, que se atrevió a ponerme la mano encima. Tuve que quedarme en casa, encerrada desde entonces. ¡Imagínese lo que se publicaría de mí en las revistas de sociedad si me dejaba ver po la calle así, con la cara marcada!

Pero no, fue por eso que lo maté.

Nunca le interesó lo que hacía o dejaba de hacer. Prefería tenerme de viaje para poder hacer lo que se le viniera en gana sin que yo le estorbara. Yo también deje de quererlo. Por eso no me importó cuando hace un par de años decidió mudarse a otra recamara. ¿Qué le costaba seguir guardando un poco más las apariencias?

Pero no lo maté por eso.

Tenía las tijeras de jardín en la mano, porque estaba arreglando mis alcatraces cuando él llegó. ¿Sabe? Siempre me he sentido muy orgullosa de mis alcatraces. Pero él estaba borracho y empezó, como ya tenía por costumbre, a insultarme. Como no le hice caso arrancó uno de mis alcatraces y ¡eso si que no lo pude soportar! Tuve que matarlo. Así que sí, fui yo, señor oficial, que no le quepa la menor duda.
Ahora sí, ya estoy lista para acompañarlo.

La señora se puso de pie y con movimientos elegantes y calculados se alisó la ropa. Se miró brevemente en el espejo del recibidor, enderezó la postura, y salió esposada a enfrentar su destino.

48 puñaladas, diría más tarde el reporte oficial.

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Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
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