La envidia


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Se enroscaba en su vientre como una víbora y le apretaba tan fuerte que la dejaba casi sin aliento y con una insoportable sensación de mareo, nausea, sed, hambre…carencia. Se le ponían las manos muy frías,  se le aceleraba el pulso y se sentía desganada, sin fuerzas. Esto le ocurría cada vez que recibía un correo electrónico de Aline, su amiga de la infancia. Sobre todo cuando dicho correo, además de los consabidos saludos, besos, abrazos y buenos deseos traían adjunta una imagen de la exitosa Aline. ¡Qué diferentes era sus vidas ahora! Marcela, casada, madre de 3 hijos de 7, 5 y 2 años, dedicada al hogar desde el nacimiento de su primer hijo había dejado inconclusos sus estudios profesionales en arquitectura al casarse.  En cambio Aline, la hermosa Aline… Los años parecían no pasar por ella, si acaso para hacerla aún más bella.  Sus ojos verdes de mirada angelical, su figura firme y bien torneada, su cabello castaño, largo brillante y con reflejos de sol de medio día. Siempre viajando, siempre conociendo gente famosa, exprimiendo todo el jugo de la vida y degustando hasta su última gota en finas copas de cristal. Ahora le escribía desde Praga, donde estaba posando para una famosa marca europea en compañía de un guapo actor italiano, su pareja en turno. Al menos tuvo la delicadeza de no adjuntar foto esta vez.

“¡Maldita solterona!” Gruñó Marcela con rabia, mientras cerraba con violencia sus destartalada laptop. Por un motivo o por otro no había podido reunir lo suficiente para comprarse una nueva. La renta, las colegiaturas, si no se enfermaba uno de sus hijos lo hacía el otro… No había dinero que alcance y para colmo, Diego, su marido, no la dejaba trabajar. “¿Quién se ocupará de la casa y de los niños?” le decía él “más gastaremos en pagar ayuda de planta, que lo que tú puedas ganar sin un título profesional… ¿Por qué mejor no terminas tu carrera en línea? Así tendrás mejores oportunidades…”

“¡Idiota!” pensaba Marcela “En línea ¡ja! Como si fuera tan fácil… ¡claro! ¡Como tú sí que te la pasas bien en la oficina, conociendo gente, acudiendo a desayunos de negocios, coqueteando con quien sabe cuántas secretarias! ¡Ay! ¡A veces te odio tanto!” Pero se guardaba muy bien de decirle todo esto a Diego. Sólo asentía sonriendo cada vez que se tocaba el tema.

Otra vez esa maldita sensación en el estómago… qué bueno que al menos tuvo el tino de llevarse a los niños al parque, así podré descansar”.

Extrajo de la bolsa de su suéter el frasco con los antidepresivos que tomaba secretamente desde hace un par de meses  por prescripción. Tomó dos con un poco de agua. Sabía que sólo debía tomarse una. “Son muy fuertes” Le había advertido la neuróloga.

Bah” pensó Marcela “Una por Aline y una por Diego. ¡Infelices! ¡Déjenme en paz!”  Pensó recostándose en el sofá.

No habían transcurrido ni dos minutos, cuando su celular sonó.  Lo miró con desgano y leyó en su pantalla “Corina”. Ni siquiera lo dudó. Presionó sin más el botón de “ignorar” y apagó el teléfono.

Seguramente me llama para recordarme su invitación a su recital del sábado” Se sintió más enferma aún al pensar en Corina y su vida bohemia. Parecía una cigarra tocando felizmente el violín con su cuarteto de cuerdas, mientras las hormigas como Marcela no paraban de trabajar.  “Cómo ella no tiene hijos” Pensó Marcela con amargura. Aunque en el fondo sabía que sus hijos no eran problema. Su madre siempre se ofrecía para cuidarlos “¡Déjame a los niños de vez en cuando, hija, ve a pasear con tu esposo, disfruta tu matrimonio y déjame a mí disfrutar a mis nietos!” Le repetía su madre todo el tiempo. Pero no. “mis hijos son mi responsabilidad” pensaba Marcela “Además los sábados mamá se reúne con sus amigas del club… ¡Vaya! ¡Hasta mi madre tiene mejor vida social que yo!”

En realidad lo que Marcela quería evitar era encontrarse con su hermana Ana, doctorada en química orgánica, joven y exitosa catedrática e investigadora en una prestigiada universidad,  que además se daba su tiempo para esculpir su hermoso cuerpo diariamente en el gimnasio. “Deberías venir conmigo hermanita. No te imaginas lo relajada que sale una de ahí después de sudar un par de horas. ¡Se siente una tan viva!” Le decía Ana cada vez que la veía “¡vamos Marce, yo te pago el gym!”

“¡Que insolencia! ¿Cómo se atrevía?… ¡Maldita presumida! ¡Que se guarde sus limosnas, que yo no las necesito!” gruñó Marcela con los ojos arrasados en lágrimas y las mandíbulas apretadas.

Se dobló en posición fetal con un gesto de profundo dolor. “otra vez ese maldito malestar” Se incorporó y tomó otras 3 pastillas del frasco.  “¡por mí, Corina, Ana, y hasta mi madre pueden irse al infierno!” Pensó mientras una lágrima rodaba por su mejilla y las tres pastillas se depositaban en su estómago.

Permaneció sentada mirando sus pies, mientras en su cabeza daban vueltas sin cesar imágenes del bello rostro de Aline, el violín de Corina, las reuniones de negocios de su marido, los diplomas de Ana, las reuniones sabatinas de su madre y otras cien personas más cuyas vidas eran tan perfectas… ¿por qué la vida era tan injusta con ella? ¿Por qué ni siquiera podía descansar de ese maldito malestar? Tomaba una tras otra las pastillas del frasco con desesperación, hasta que lo vació… Entonces todo se nubló. Entonces al fin el descanso llegó.

….

Al día siguiente se presentó a su velorio mucha gente.  Aquellas personas en las que había estado pensando el día anterior acudían a despedirla con sincero dolor. La verdad es que nadie podía creer que estuviera a ese grado deprimida, su vida parecía tan feliz, tan completa… envidiable incluso…

“Era tan joven” pensaba llorando desconsolada su madre mientras acariciaba las cabecitas de sus pequeños nietos, temiendo estar demasiado vieja para asumir el papel de su hija.

“Pobres de sus hijitos… tan hermosos, tan pequeños…” pensaba con lágrimas en los ojos Corina mientras miraba a los pequeños huérfanos. Sólo ella y Dios sabían cuánto había deseado, cuánto había luchado por tener un hijo. Ese hijo que ya nunca llegó.

Diego sollozaba en un rincón del velatorio “La vida es tan frágil, en un momento se acaba” se decía a sí mismo “¡cómo quisiera pasar menos tiempo en la oficina y estar más en casa con mis hijos, como siempre hizo mi Marcela!”

“Mi pobre hermanita” pensaba Ana “Ella tan hogareña, sin presiones laborales, tan dueña de su tiempo… “

También Aline lloró por la pérdida de su amiga más querida. Se sentía miserable pues su  contrato la obligaba a  permanecer en Praga al menos 2 semanas más. “Ni siquiera puedo ir a despedirme de ella…  Mi pobre Marce… ¿Por qué tenías que morir así? Tu esposo tan amoroso, tus hijos tan bellos… ¿Qué te hizo falta, amiga? ¡Tu vida era perfecta! En cambio la mía… “

Paola Rosado.

(¡Comentarios Bienvenidos!)

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Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
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4 respuestas a La envidia

  1. CARLOS LOPEZ JIMENEZ dijo:

    UN MUNDO LLENO DE INSATISFACCION.

  2. Zina dijo:

    Hay Paola!!!! una vez mas logras ser tan realista y vivida en tu escrito!! eso es lo que mas me gusta de tu estilo, franco, realista y porque mo? retratista de la realidad…Nunca sabremos experimentar en cabeza ajena. Bravo!!!

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