Bolón-Tun (Nueve piedras)


Se despertó súbitamente, como asaltada por un profundo temor, sólo que no lograba entender su origen.  Hacía calor, por eso acostumbraba dormir con la ventana abierta, y se quedó mirándola como si presintiera que de ahí provenía la causa de su ansiedad. La cortina azul, ondeó levemente en la oscuridad de la noche, apenas iluminada por la luna y las estrellas en un cielo limpio, sin nubes: el cielo del mayab.

Ante sus ojos asombrados, se materializó una densa sombra que parecía emanar de la ventana. Cecilia luchó con todas sus fuerzas por gritar, moverse, levantarse, pero fue imposible.  Estaba como petrificada. Aunque no podía moverse, podía ver todo, podía sentir  todo y sintió como esa sombra fue atravesando su vientre una, dos, tres, nueve veces; hasta introducir nueve piedras. Una a una las fue contando, conforme se fueron alojando en el interior de su cuerpo, con agónico dolor.

Nueve piedras”, le dijo sin hablar ese oscuro ser, “nueve llaves que abrirán cada uno de los nueve niveles del  bolónn tikú,el xibalbá: el inframundo”. Ahora tenía una misión, le dijo comunicándose a través de una vibración de tono grave, que viajaba directamente hacia su subconsciente; tenía que portar esas nueve piedras hasta el altar del sacrificio, ubicado en el interior de la pirámide de kukulcán, en la zona arqueológica de Chichén Itzá, el 21 de marzo, el día del equinoccio de primavera. Nada impediría que su misión se complete. Todo ya estaba dispuesto. Ella sólo tenía que estar ahí, ellos le harían saber lo que tendría que hacer.

Con una violenta sacudida, Cecilia al fin logró moverse.  Miró hacia la ventana y le pareció ver cómo a través de ella, la luz de la noche disolvía aquella espantosa sombra de oscuridad. En sus oídos aún retumbaba aquel insoportable zumbido grave y continuo. La nausea y el espanto la hicieron brincar de su hamaca y atravesar el escaso metro y medio que la separaba de Felipe, su esposo, quien dormía en otra hamaca, ajeno a lo que acababa de pasar.  Cecilia se metió en la hamaca de Felipe, quien despertó sobresaltado.

-Felipe, tuve una pesadilla, tengo miedo…

-Tranquila, Ceci, ¿qué soñaste?

-Soñé cosas raras… de extraterrestres, de piedras, del inframundo. No puedo recordarlo con claridad.

Felipe la miró con un casi imperceptible acento de sorpresa en la mirada. Abrió la boca para decir algo, pero prefirió callar. La abrazó y le acarició la espalda para adormecerla. ¿Para qué decirle que el también había soñado cosas raras sobre extraterrestres y antiguos lugares sagrados? Era mejor que durmieran, mañana les esperaba un día pesado. Eran guías de turistas en Chichén Itzá, y el día del equinoccio llegaban muchísimos visitantes que seguramente requerirían de sus servicios.

Bajó la pierna para mecer la hamaca y lograr arrullarse con su suave movimiento, mientras miraba el leve ondear de la cortina azul en la ventana.

Paola Rosado

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Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
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