Fuego


fuego

Verla pasar moviendo sus insolentes caderas y no dejarse envolver en el ardiente fuego que irradiaba, era imposible. Todas las cabezas se daban vuelta para mirarla, hombres y mujeres por igual. Los unos ardían de deseo, las otras se consumían de envidia. Ella lo sabía y le encantaba. Por eso elegía llegar siempre al bar a las doce de la noche, con el lugar a reventar y su mesa favorita siempre reservada cerca de la pequeña pista, ahí donde todos podían mirarla bailar, reír, disfrutar. Mirarla y admirarla, como si fuera la joya más valiosa exhibida en la vitrina de una exclusiva joyería. Muchas almas habían ardido en su infierno y se habían consumido en su abrazo. Con ella no había garantía. Cada noche un condenado diferente era invitado a compartir su calor, siempre con la esperanza inútil de contenerla. No había forma. “El que juega con fuego se quema” les decía sonriendo. Esa era su frase favorita.

-Adalia – dijo extendiendo su firme mano.

Su piel morena brillaba de forma inusual, y eso era justo lo que Carlos pensaba cuando la vio caminar hacia él, que no había dejado de devorarla con los ojos desde que la vio llegar al bar.

-Carlos – Respondió el y beso su mano.

-¿Quieres bailar? – Le dijo ella sin soltar su mano y llevándolo tras de sí, sin esperar respuesta.

Carlos no bailaba nada, pero se dejó guiar sin hacer caso de las ruidosas celebraciones de sus compañeros de parranda. Ella bailaba por los dos, reía por los dos, ardía por los dos. Carlos se movía sin gracia frente a ella, mirándola sin sonreír, pensando lo diferente que sería la noche si la venta no se hubiera cerrado, si los clientes no hubieran querido celebrar, si ellos no hubieran propuesto ese lugar, entre todos los bares de la ciudad. No había soltado su mano y mientras bailaban, él a su propio ritmo, acariciaba sus dedos con suavidad.

-Duerme conmigo – Le dijo ella. Era la primera vez que ella tenía que tomar la iniciativa.

Se fueron juntos.

Ella era fuego y el era brisa fresca. Ella lo empujó a la cama envolviéndolo en sus llamas, para incendiarlo y consumirlo violentamente, pues esa era la única forma de amar que conocía. Él la obligó a arder lenta y suavemente, para explotar juntos al final, intensamente.

-Quédate – Le suplicó Adalia, desde el satín rojo de sus sábanas.

-Imposible – Dijo Carlos desde el baño, mientras se enjuagaba la cara.

-Llámame. Ya te anoté mi número.– le dijo poniendo en su mano el teléfono celular.

– No estoy buscando una relación. Ya tengo una – Dijo Carlos haciéndole evidente el anillo dorado en su dedo anular.

-Tampoco yo- Le dijo ella.

Por eso se sorprendió Carlos al día siguiente cuando al sonar su celular leyó en su pantalla la palabra “Fuego”. No pensó que fuera a llamarle. No tan pronto al menos.

Volvieron a encontrarse ese día y otros más. Pero fue la última vez, cuando Adalia ardió en su propio infierno como nunca lo había hecho: Después de hacer el amor ella le suplicó, como siempre, que se quedara y Carlos le respondió secamente que ya no quería verla más.

-No me lo tomes a mal, Adalia, eres hermosa, pero no estoy buscando amante de planta. Tengo una esposa, y no voy a dejarla. Estas salidas tan frecuentes levantarán sospechas y no deseo alarmarla.

Ardía una desconocida llama en su mirada y en su corazón cuando Carlos la dejó sola. Tomó un papel y escribió solo 4 palabras.

Elena bordaba junto a la ventana esa tarde mirando de cuando en cuando jugar a Carlitos en el jardín. Tal vez era una ocupación anticuada esta de bordar, pero en verdad disfrutaba mucho hacerlo. Le permitía pensar y meditar sobre lo perfecta que era su vida. Suave, apacible, como una barca flotando en un lago calmado y tibio. Así había sido siempre su relación con Carlos. Ella lo amaba con dulzura y estaba segura que él así la amaba también. Era un excelente esposo y un maravilloso padre. Esa tarde llegaría temprano para ir los tres a cenar, al lugar favorito de Carlitos. Por eso creyó que era él quien tocó el timbre. “habrá olvidado las llaves otra vez” pensó. Pero al abrir la puerta no fue a Carlos a quien vio. Nadie había ahí. Se asomó y miró a ambos lados, pero nada extraño encontró. Cerró la puerta y junto a sus pies descubrió un sobre rojo, sin sello. Sonrió pensando en Carlos. Tal vez quería sorprenderla. Abrió el sobre y leyó las cuatro palabras que en el papel de color rojo se leían. “TU MARIDO TE ENGAÑA”. Y como evidencia un par de fotos. En la primera, Carlos desnudo entre brillantes sabanas de satín rojo, dormido. En la segunda una desnuda mujer morena de largos cabellos lo besaba, sobre esa misma cama.

Hubiera esperado un diluvio, un baño de agua fría. Pero no. Fuego. Era fuego lo que sentía. Carlos entró y en la mirada de su mujer encontró lo que jamás pensó que encontraría. Sin decirle nada le extendió el papel rojo y las fotografías.

-Vete – Le dijo Elena, firme, sin levantar la voz.

-Elena, yo te amo…

-Vete – Repitió. Carlos salió de ahí hecho una furia, y a punto estuvo de tumbar a golpes la puerta del departamento de Adalia.

-¡Mi amor! – Le dijo ella al abrir la puerta haciendo caso omiso de su ira.

-¡Estás loca Adalia! Solo vine a exigirte que te salgas de mi vida. No sé como diste con mi casa ni en qué demonios pensabas cuando hiciste estas fotos y se las diste a mi mujer ¡Pero te quiero fuera de mi vida!

-No te perdonará…

-¡Te vale madres si me perdona o no! ¡No quiero volverte a ver nunca más!–Le gritó Carlos y salió de ahí dando un portazo, dejando a Adalía extinguiendo su propio incendio con sus lágrimas.

Carlos llegó a su casa apenas unos minutos antes que los bomberos. Casi no podía distinguir lo que quedaba en esa enorme pira que ardía en el centro del jardín. Elena había lanzado desde el balcón de la ventana de su habitación todas sus pertenencias, su ropa, sus zapatos, sus proyectos, su cartera de clientes, sus pocos libros, sus revistas de carros, sus discos de ópera, su crema de afeitar y hasta su cepillo de dientes. Luego había rociado gasolina encima y le había lanzado un cerillo para ver como se ardían hasta consumirse 10 años de matrimonio. “El que juega con fuego se quema” Pensó Carlos mientras escuchaba acercarse las sirenas de los bomberos.

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Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
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Una respuesta a Fuego

  1. guty E dijo:

    Excelente!!! Wow… -fuego-!

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