Tierra


Leí el número en la puerta del edificio y luego, por instinto, leí una vez más la dirección en la tarjeta marrón que sostenía en mis manos aunque sabía que era el lugar correcto.  “Num. 139  interior 1-B” este era el lugar.  Lo dudé un poco antes de tocar el  timbre, debo reconocer que el conocer gente nueva siempre me pone nerviosa. Con un zumbido se abrió la puerta, mostrándome un pasillo largo y  mal alumbrado. Por mi lado izquierdo había una puerta que marcaba “1-A” así que la puerta que se veía al fondo por el lado derecho era el “1-B”

Fui recorriendo el pasillo con paso decidido  y sonoro, mientras en mi mente se agolpaban imágenes de otro camino, el camino interior que había recorrido antes de llegar a este lugar.  Todo empezó a raíz de mi divorcio hace 3 años, cuando después de haber caído en una profunda depresión decidí tomar las riendas de mi vida y salir de aquel horrible agujero de soledad y autocompasión en el me encontraba sumergida. Empecé por cambiar de afuera hacia adentro (siempre el exterior es más fácil de transformar); un cambio de guardarropa, un nuevo color y corte de pelo, un nuevo estilo de maquillaje y ya estaba lista para ir atravesando una a una todas las capas de mi subconsciente.

Luego siguieron los hábitos.  Más cosas de color verde en el refrigerador, una disciplinada rutina de ejercicio por las mañanas, clases de Yoga para el equilibrio espiritual y salir a correr por las noches para eliminar el estrés laboral. Luego, sobreponiéndome a mi terrible apego por la carne blanca, los huevos y los lácteos pasé de una  alimentación casi vegetariana, al estilo de vida completamente vegano.

Así fue como conocí a Mara Vega, la dueña de la tienda vegana  “Vega´s” de la que me hice cliente frecuente. Desde la primera vez que la vi, lo que ahora sé que es su aura, me transmitió de inmediato esa sensación de paz y confianza que siempre he sentido a su lado. Ella me introdujo al reiki y me ayudó a sanar y encontrar el equilibrio que tanta falta me hubiera hecho en otra época. Así Mara se convirtió en mi guía personal y espiritual.

De su mano recibí la tarjeta marrón con la leyenda “hijos de la tierra”  y la dirección.  No me quiso decir más, ella quería que yo me formara mi propio criterio.

Llegué a la puerta “1-B” No se escuchaba gran cosa del otro lado. Toqué y enseguida me abrieron.  Mara se apresuró a recibirme y de inmediato me presentó a los asistentes. No éramos más de 10 personas.  En la pared del fondo había un gran cartel con una leyenda que rezaba: “Los hijos de la tierra: Geófagos internacional”

-Ya estamos completos, podemos comenzar – Dijo una mujer mayor muy blanca y muy menuda, vestida con una colorida túnica, que me fue presentada como Sandra, quien estaba de pie en el centro del salón junto a una enorme y redonda mesa.

Todos nos fuimos colocando alrededor de la mesa en la cual había varios objetos: un gran tazón  dorado lleno de tierra,  copas con agua, velas  encendidas y plumas de aves. “Representan los 4 elementos” me explicó en voz baja Mara.

Sandra nos pidió unir nuestras manos e inició una especie de oración  que duró más de 15 minutos, en la que manifestaba que los ahí reunidos éramos los hijos de la tierra, que volvíamos a ella después de un largo extravío siendo herederos de todas sus bondades y que le pedíamos nos diera el alimento, sustento para nuestra vida plena física y espiritual. “No hay mejor alimento para un hijo, que la leche de su madre. ¡Madre tierra aliméntanos!” Exclamó en voz muy alta Sandra. “¡Madre tierra aliméntanos!”  Repetimos todos una y otra vez mientras  levantábamos  las manos. Un gran sentimiento de fraternidad me invadió. Todos nos abrazamos y entonces Sandra tomó con su mano un gran puño de tierra, se lo llevó a la boca y comenzó a comerlo con los ojos cerrados, como sumida en una especie de trance. Todos uno por uno fueron haciendo lo mismo. Cuando llegó mi turno, tomé el puño de tierra pero no pude hacerlo. Me disculpé y sintiéndome por primera vez completamente fuera de lugar me dispuse a abandonar la sala.

-Volverás… – Dijo Sandra en un tono que más que una predicción me pareció una orden.

-Lo siento… – Murmuré nerviosamente y salí de aquel extraño lugar.

La cosa es que desde entonces no dejo de pensar en regresar y no puedo evitar el enorme antojo que me provoca el mirar mis macetas. Tal vez debo probar…

(comentarios bienvenidos!!!)

Anuncios

Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
Esta entrada fue publicada en Cuento Corto y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Dejanos un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s