La entrometida


–          ¿Quién eres tú para juzgar mis decisiones, si son buenas o malas, si me hacen feliz o infeliz? ¿Qué sabes de tú de mi felicidad?-  Le recriminaba Carmen con amargura a la mujer que la miraba impasible – Nada de lo que hago te parece. Ahí tienes que cuando mandé al diablo a Armando,  me saliste con que “¿y dónde está el amor que decías tenerle?” porque no fui capaz de perdonarle sus deslices… ¿Cómo dijiste? ¡Ah sí! “canitas al aire”, “el amor perdona todo”. ¡Qué fácil para ti decirlo!, pero la que tenía que aguantar su olor a mujer barata y sus mentiras era yo.

Hizo una pausa para rellenar su vaso de vodka, vaciándolo inmediatamente después de un solo sorbo.

–           Luego te llenaste la boca llamándome prostituta, por no decir menos, porque decidí que mis amores desde entonces no se prolongarían más allá de una noche. Si, oíste bien dije MIS  – A – MO – RES. ¿Quién eres tú para decirme si era amor o no lo que yo sentí por ellos?  A todos los amé cada segundo, minuto y hora que permanecieron en mi cama y luego los olvidé. Ok, es cierto que después, al quedarme sola lloraba ¿y qué? Justamente por  eso es que no me gustaba estar sola mucho tiempo.

Suspiró y se sirvió otro trago.

–          ¿No dices nada? Ahora si te quedas callada… ¡Maldita hipócrita! ¡Deja de mirarme con esa fingida lástima! ¡Te mueres por decirme “te lo dije”! Que no me fuera a vivir con Miguel, que me estaba precipitando, que tenía que pensarlo bien… ¿Que no eras tú la que antes decía todo el tiempo que la vida no se trata de pensar, sino de sentir? Pues yo sentía que debía estar con él pues a su lado conocí el significado de la pasión. Vivir con los sentimientos siempre a flor de piel: amar a morir, odiar a matar. Los constantes pleitos, gritos y jaloneos que terminaban siempre arrastrándonos a la cama. Ahí se arreglaba todo. ¿Por qué esta vez no se arregló? ¿Qué cambió? ¿un ojo morado? ¿una costilla rota? “¿y dónde está el amor si no sabes perdonar?” ¿no así me decías? Pues bueno, perdoné. ¿Por qué no me siento mejor? ¡dímelo tú que tanto sabes, maldición!

Se secó un gruesa lágrima que rodó por su mejilla y se sirvió un poco más de vodka, dejando vacía la botella.

–          Que no sería feliz con él. De todos modos no era feliz sin él y además pensándolo bien, tal vez suceda que ser infeliz me hace feliz ¿no puede ser? Hay adictos a todo en este mundo… tal vez ocurra que yo sea adicta al dolor… ¡No te rías, con un demonio!  ¿no puede ser acaso que yo disfrute todo esto? ¿Qué el dolor físico me ayude a sobrellevar un poco el dolor del alma? ¿Qué el dolor del alma me recuerde que aún estoy viva?

Además ¿Con que autoridad me juzgas, cuando sabes perfectamente que tú y yo somos iguales? Bien que aguantaste más de 10 años a un marido que además de borracho, jugador y mujeriego siempre te maltrató. Ok, que nunca te levantó la mano ¡pero ni falta que le hizo! ¡Con los puros insultos le bastaba y sobraba! Un favor te hizo al morirse que si no, ahí seguirías con él, ¡no me digas que no! ¡Y deja de mirarme así! ¡Ya estoy harta de que todo el tiempo me juzgues! ¡Basta ya! – Gritó arrojando la botella hacía la mujer que la miraba inconmovible desde el fondo de esa superficie de cristal que al contacto con la botella estalló en mil pedazos.

Carmen calló de rodillas al piso, hiriéndose un poco con los fragmentos del espejo roto. Sonrió para sus adentros pensando que al menos se había deshecho de esa maldita mirada crítica.

–          ¡Y que ni se te ocurra empezar a hablar ahora!- se dijo a sí misma –  ¡o ya encontraré la forma de hacerte callar, maldita entrometida!

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Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
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Una respuesta a La entrometida

  1. guty E dijo:

    Hermoso tema. Intenso como siempre. Felicidades!

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