Las bodas de oro de la abuela Lupita


Bajo la sombra de la terraza descansa en su mecedora la abuela Lupita. Con mirada de dulce satisfacción recorre ese pedazo de tierra en el que ha pasado casi toda su vida, entregándose entera a sus faenas cotidianas, como ofrenda viva y sagrada. Con sus lágrimas de dolor y frustración alimentó día a día al árbol de toronja que convirtió todas sus penas en dulces frutos. También se acostumbró a contarle todos sus secretos al árbol de mandarina, cuyos frutos quizá por eso son tan agridulces que sólo puedes comerlos con una sonrisa en la boca.

La mirada de la abuela Lupita se desliza más allá  del jardín y de sus árboles, más allá del gallinero y de la noria, más allá del riachuelo de transparentes aguas.  Se extiende hasta el camino por el que llegarán a visitarla sus 12 hijos, con sus nueras, sus yernos, sus nietos y sus  3 bisnietos. Sus ojos acarician ese camino por el que los vio partir con 12 punzadas en el corazón y que es el mismo por el que hoy espera su llegada con la alegría multiplicada.

Temía, con la certeza de quien ha visto la muerte rondando por el jardín,  que Dios no le concediera la dicha de volver a verlos a todos juntos, como cuando eran pequeños y corrían a sus brazos a buscar el beso que curaba un raspón en la rodilla, o la infalible hoja de albahaca que colocada bajo la almohada alejaba cualquier pesadilla.  Un par de horas más y por lo fin los volverá a tener a todos reunidos bajo su techo pues vienen a celebrar sus 50 años de matrimonio.

Poco a poco van llegando los hijos, y se deshacen en abrazos, besos y regalos para el abuelo Rómulo, quien los esperaba sentado detrás de su enorme escritorio de madera bebiendo su copita de coñac. Pero sobre todo para ella, la abuela Lupita, quien salta de la mecedora con la energía de una quinceañera para abrazar a esos pedacitos de su corazón que hoy regresan a besar su frente, sus mejillas y sus blancas manos.

Al fin han llegado todos y antes de irse todos juntos a la iglesia del pueblo, donde se celebrará la misa con motivo de las bodas de oro de Don Rómulo y Doña Lupita, la abuela les pide reunirse todos juntos en torno a la enorme mesa del comedor. Desde la cocina se filtran los aromas del pavo con mole, las gorditas de masa y el agua de limón. Don Rómulo, como buen patriarca de la familia, firme y severo, les pide a todos silencio y les agradece que hayan venido para cumplir la voluntad de su madre, de verlos a todos juntos para esta celebración. Todos aplauden y abrazan a la abuela Lupita quien al final, cuando están a punto de irse,  toma la palabra y dice:

–          Hijitos míos, como ha dicho su padre, estoy muy agradecida con Dios y con la vida de verlos aquí reunidos a todos, bajo este mismo techo que los vio nacer. Este era mi único anhelo, ahora puedo morirme en paz.

–          No digas eso abuela… -interrumpe la joven nieta de ojos verdes.

–          Déjame terminar, hijita. –Continúa la abuela Lupita – Me da mucho gusto verlos aquí, que hayan dejado sus ocupaciones y que hayan venido desde tan lejos para acompañarnos en esta celebración – Los mira a todos lanzando un largo suspiro – Pero les ruego que me disculpen, no asistiré a la misa.

Se oyen murmullos de sorpresa, el abuelo la interroga con una mirada fulminante.

–          Así es hijitos. En este momento soy la mujer más feliz. Tenerlos aquí conmigo es justo lo que yo quería y ya los tengo, así que no deseo nada más y en verdad,  en verdad les digo que con este señor, yo no me vuelvo a casar.

Se hizo un silencio sepulcral e incomodo, que duró apenas unos segundos, durante los cuales por la frente de la abuela desfilaron las escenas de 50 años de vivir las doce vidas de sus hijos, la de su esposo, la de sus nietos, pero nunca la de ella. Todas las veces en las que deseó gritar, llorar y en cambio tuvo que callar. Todas las ocasiones en las que quiso vivir más allá de la cocina, lugar al que a decir de don Rómulo ella pertenecía. Todos los rumores que sus oídos llegaron de los constantes amoríos de Don Rómulo que ella tuvo que ignorar. Toda una vida de dar siempre a manos llenas y nunca recibir.

Entonces el silencio de pronto se rompió con la fuerte risa del abuelo junto a quien luego todos se rieron celebrando lo que creyeron que fue “la broma de la abuela”, pero a la misa de las bodas de oro ya nadie acudió…

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Acerca de paolarosado

Maestra de turismo y administración, aprendiz de la vida, cantante de regadera, filósofa de closet, cuentista wannabe, mamá, esposa, hija, hermana, amiga ¡y lo que se acumule!
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Una respuesta a Las bodas de oro de la abuela Lupita

  1. guty E dijo:

    Que historia tan bonita… con un final inesperado!

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